sábado, 30 de mayo de 2026

LA VIRGEN ROJA

 

La Virgen Roja es un concepto que desnuda la brecha existente en todo personaje histórico o mítico entre su realidad tangible y el concepto abstracto que las creencias populares construyen a su alrededor.


Un claro ejemplo de esta dualidad es la Virgen María. Por un lado, existió la mujer real: la madre de Jesús y pareja de José que, tras el nacimiento del nazareno, llevó una vida activa como esposa y madre, teniendo más hijos, lo cual era común en la época. Por otro lado, coexiste el mito mariano: la virgen inalcanzable, ejemplo de virtud y pureza absoluta que permaneció inmaculada antes, durante y después del parto, y que murió siendo virgen. Esta construcción mítica no solo fue el inicio de un dogma, sino que contribuyó enormemente a vigilar, inducir y controlar que la mujer llegara virgen al matrimonio; decretando que, de no ser así, perdía su valor como persona y era tachada de descarriada.

La Virgen Roja es la antítesis perfecta de este dogma. En mi universo, representa una creencia ancestral, un mito que ha sumado adeptos durante cientos de años hasta llegar a nuestra era. Hoy en día, sus estatuas se erigen de manera similar a las de nuestro mundo, pero con una diferencia perturbadora: la Virgen Roja viste un hábito salpicado de carmesí y reposa con las piernas abiertas, con un manto que cubre a medias su sexo y sus pezones. A pesar de su carga transgresora, para muchos es la representación máxima de lo sagrado.

Porque, ¿qué es verdaderamente lo santo? Para mí, la santidad no radica en una mujer libre de manchas, culpas, pecados o sufrimientos. Para mí, santa es aquella mujer de carne y hueso que tiene la valentía de vivir a pesar de sus limitaciones iniciales; esa que luchó, se equivocó y cayó, pero que aun así se lava el rostro trasnochado y sufriente para regalarle una sonrisa a sus semejantes. Eso es lo santo: un rostro lavado y real, nunca inmaculado.

Sin embargo, el culto de la Virgen Roja busca incansablemente el avatar de su deidad. Si los fanáticos sospechan que una mujer encarna ese pináculo indomable, la sientan en el altar y la profanan; la convierten en la víctima de un ritual donde devoran su cuerpo como el pan y la sangre de la diosa. Es visceral y aterrador, sí. Pero, ¿acaso la humanidad no ha quemado mujeres bajo la acusación de brujería? ¿Acaso no existen hombres que abandonan a sus parejas solo porque no son vírgenes? ¿Acaso las redes de trata de personas no secuestran mujeres explotando el fetiche de la virginidad? La humanidad, devorada por las creencias heredadas de sus antepasados, comete atrocidades amparadas en el nombre de dioses omnipresentes.

Este es solo uno de los muchos conceptos que desgarran y gobiernan mi mundo.

Con amor, Eva María Sagasti Mercier_21

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