Sigo pensando 🤔 en el osito que me dio ese chico desconocido. Pero no lo traje a mi trabajo, lo dejé en mi departamento. Hoy vino Berta Norabuena. Es una mujer de 41 años, divorciada desde hace cinco años. Su exesposo la engañó, le mintió y le faltó el respeto como mujer.
Berta:---Doctora, muy buenos días.
Eva María:---Buenos días, Berta, ¿cómo estás hoy?
No acostumbro a darle un beso a mis pacientes; simplemente estrecho la mano de forma cortés. Berta ya se había acomodado en el mullido asiento. Yo, mientras me sentaba, acomodé los bucles de mi cabello.
Eva María:---¿Cómo te sientes hoy? ¿No crees que está hermoso el día así como está, nublado?
Berta:---Pero señorita, los días nublados son feos, me deprimen. Me hacen recordar a mi Rubén.
Ese nombre ya lo tengo grabado a fuego: Rubén Cárdenas, un hombre diez años mayor que ella. Saben, me pongo a pensar qué factor o qué creencias hacen que a nosotras nos gusten mayores. En sí, no deben ser atractivos porque son más viejos, tienen más patas de gallo y más "boca de oso", es decir, el arco del contorno de la boca; y, claro, también tienen el culo más arrugado.
Berta:---Por eso, doctora, me he puesto mi vestido rojo para sentirme más alegre. Claro que es largo y uso pantis. ¿Cree usted que es coherente?
Eva María:---Acá, Berta, no interesa la moda, sino cómo se sienta. Si usted encuentra satisfacción en mostrarse así —vestido rojo, largo, pantis color carne—, mmm, pues hágalo, muéstrese. No es inmoral, solo es un atuendo, una envoltura; haga frío o calor, es su "yo" manifestándose, doña Berta.
Berta:---Mi hermana siempre me dice que debo estar mal de la cabeza porque siempre me visto de rojo. Quizás tenga razón; amo mis vestidos rojos, mis chompas rojas, es rojo mi lápiz labial y rojas también son mis trusas.
(Se pone a llorar, tapando su rostro por la vergüenza. Noto que siente una profunda pena).
Eva María:---Berta, tranquila. Primero respira: sí, inhala aire, llena esos pulmones, doña Berta, y luego exhala, bota esa pena, esa vergüenza. Una vez más, Berta, vamos, yo sé que tú puedes. Recuerda que estoy contigo en cada paso, en este rincón que es tu espacio, donde puedes ser tú, Berta, solo tú: la mujer de vestidos rojos y cartera negra, la de taco 7 y pantis color carne, la que es divorciada y está sola pero segura. Pero sin que nadie le moleste la paciencia, como bien dice usted.
Berta:---Gracias, doctora, no sabe lo bien que me hacen sus palabras, en serio.
Eva María:---No tiene nada que agradecer. Recuerde que estas semanas que llevamos trabajando, cada sesión es su propio tiempo. Antes de venir a consulta es su proceso, un tiempo sagrado para usted donde no solo debe reflexionar, sino sanar; pensar qué es lo que desea para su vida de acá en adelante. Porque los hombres, sí o sí, llegarán, Berta, solo que aún no se ha dado cuenta.
Berta:---No puedo pensar en hombres, doctora, ¿cómo podría? Si yo ya he sido mujer casada, mujer de mi Rubén. Él ya me manchó, no soy virgen, tampoco soy una niña; soy una mujer y debo respetarme.
Eva María:---Piénselo bien, Berta, porque de nada va a servir que usted sea tan ética como mujer cuando el señor Cárdenas ya está reconstruyendo su vida. ¿Usted se quedará esperando un milagro? Porque su hijo también, en cualquier momento, se casa —ya tiene 23 años— y la dejara completamente sola, doña Berta.
Berta es una paciente que fue muy dichosa en su matrimonio: mujer de besos apasionados, de vestidos tradicionales largos, de pantis color carne. Cocinaba, planchaba, preparaba el café temprano para su esposo y su hijo; es la viva imagen de la mujer de antaño y así era feliz. Pero parece que ese amor no era mutuo, así que simplemente ese amor caducó, por lo menos de parte de Rubén, y eso hizo que Berta entrara en una profunda depresión. Ahora que sale poco a poco de la depresión, se está obligando a no sentir amor, a minar la posibilidad de ser feliz.
Claro que la felicidad no es tener un hombre a tu lado para que te joda todos los días. Pero tampoco es estar sola sin que te regalen una sonrisa, sin que te digan cuán especial eres... Sí, sí, amor propio; yo puedo tener mucho amor propio, pero la naturaleza humana es hipócrita. Hoy decimos que prefiero ir al cine sola, que no necesito hombre alguno, que soy una mujer empoderada, pero ¿en la cama nos sentimos solas? No nos gusta desayunar solas, no nos gusta almorzar solas. Decimos en son de broma "quiero ser protagonista, no espectadora" cuando vemos que un joven, un muchacho, le lleva su peluche tamaño familiar a una chica, a una mujer o a su amante de turno... Eso es tu instinto animal y femenino llamando a la puerta.

En mi opinión, ámate primero a ti como mujer: tu cuerpo, tus pechos, tu silueta, tu forma imperfecta, tu forma tosca, hosca de ser, tu forma inútil de ser. Ámate en la desgracia, en la miseria, y ámate en la abundancia. Ámate como eres con tu amigo, ámate como eres con tu saliente o con tu "peor es nada", ámate como eres con tu amante; y después de que te amaste sola, acompañada y, sobre todo, cuando has pasado una noche donde lo cabalgaste toda la noche sin sentir culpa, después de eso, elige al correcto y quédate con él una vez que probaste, que sentiste. Pero jamás digas "ya amé una vez, no quiero que me hagan daño, me cierro al amor"; eso es nada más que una gran mentira, y como la humanidad es hipócrita un 85% de las veces, nos lo creemos y morimos así, de soledad.