Paloma.
Hoy vi una paloma mientras trabajaba. Estoy en mi consultorio; todo tiene un olor particular: el papel, el pino del piso y, claro, el peluche que me dio ese chico. Es curioso cómo te abordan en la calle cuando eres mujer, cómo te sonríen y te coquetean con la promesa de un número que tal vez jamás les daré. Pero este chico solo me regaló el peluche y ni siquiera reclamó mi número. Es un oso, o debería decir un osito. Cómo odio a los que solo quieren acostarse conmigo.
Porque no soy un premio, mucho menos un consuelo.
Soy el idilio de un hombre y una mujer. Soy la Macha que queda cuando mamá te impone el rosario. Soy el abandono de un padre que se entera de que eres mujer. No soy una paloma, porque no soy pura ni me creo la paz.
Soy la esencia que le da sentido al amor, soy parte de la vida. Soy santa, pero porque he sufrido, he llorado y he vivido sin pensar en lo que las cucufatas dirán o los hipócritas opinarán. Sigo pensando en esa paloma que vi; estoy en mi consultorio un día más.
Entra mi primer paciente.
—Muy buenos días, mucho gusto. Soy Eva María Sagasti Mercier.

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